No es lo mismo,
levantarte cada mañana con ganas de cambiar al mundo,
que dejar que el mundo te cambie y arrase con tus ganas.
No es lo mismo,
mirar a los ojos a un metro de altura,
que poner un metro de distancia entre esos ojos y los tuyos.
No es lo mismo,
emocionarse con el abrazo de un niño,
que perder la emoción en cada paso.
No es lo mismo,
mover cielo y tierra por el otro,
que dejar que otros se ocupen y lo muevan.
No es lo mismo,
sentir en tus manos el poder del artesano,
que dejar que el poder corrompa lo que hacés.
No es lo mismo,
que tus preocupaciones no tengan horario,
que tus sueños no tengan techo,
que luches por los derechos,
que se te pase el calendario
con el guardapolvo grabado a fuego…
No es lo mismo,
entender que es así como podemos,
encontrar entre un lápiz y una hoja,
una infancia capaz de decir lo que siente y piensa,
y no lo que quieren escuchar otros.
No es lo mismo,
entender que en un dibujo,
un niño o niña puede contar de qué se trata,
una vida que no siempre es amable,
no siempre es sencilla.
No es lo mismo,
dejarse habitar por el corazón del otro,
que dejar que el corazón se te vuelva hielo.
No es lo mismo,
alojar la meta altruista que te planteaste,
cuando decidiste decirle al mundo
que ibas a dedicarte a enseñar,
a educar,
que significa brindar el mundo,
a veces en pequeñas dosis,
a veces con la fuerza de un huracán.
No es lo mismo, porque a los maestros y maestras no nos da lo mismo.
Y porque pido que el día que me dé lo mismo,
tenga la fuerza suficiente para hacerme un lado.
Mientras tanto acá estaré,
estremeciéndose una vez más
cuando me dicen el 11 de septiembre, ¡Feliz día del maestr@!
Dedicados a todos y todas aquellos a los que no nos da lo mismo!
Texto: Leila Daleffe
Arte: @fabypavela







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