"Tolstói decía que «aburrirse es desear desear".
Que un niño no se sepa aburrir suele ser síntoma de que está sobrestimulado.
Pero, a su vez, el aburrimiento es el preámbulo del asombro.
Si les dejamos aburrirse, empezarán a buscarse la vida, a ser creativos y a poner en marcha sus funciones ejecutivas (planificación, atención, memoria de trabajo, etc.) a través del juego libre.
El aburrimiento no es un grito de alarma que nos ha de convertir en animadores de ludoteca u organizadores de cumpleaños extraordinarios.
No es preciso ocupar todas sus horas...
Relajémonos. La vida ordinaria ya es de por sí bastante interesante: hay que ayudarles a redescubrir lo extraordinario de lo ordinario.
Extraído de la red.






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