¡Que se levante y que siga, a pesar de todo!
Ahí está para eso, para agotarse, hasta el fin. Sólo el alma cuenta, y ella tiene que dominar a todo lo demás. Breve o larga, la vida sólo vale algo si en el instante de entregarla no tenemos que sonrojarnos de ella. Cuando la dulzura de la vida nos invita a la felicidad de amar, la belleza de un rostro o un cielo claro, da una señal que, de lejos, nos llama, cuando estamos dispuestos a ceder ante unos labios o a la luz y a los colores y al descanso de las horas largas, entonces es cuando estrecharemos dentro del corazón todos los sueños nimbados del oro de los instantes de suprema evasión.
La verdadera evasión es renunciar a las prendas amadas, y renunciarlas en el instante mismo en que su perfume nos hacía desfallecer. En esta hora en que hay que rechazar y hundir lo más entrañable de nuestro ser y alzar el amor por encima del corazón, y, por lo tanto, cuando todo es cruel dolor, entonces es cuando también comienza a ser completo y puro el sacrificio.
Hemos franqueado nuestros propios límites; por fin podemos dar algo. Antes, todavía, nos buscábamos a nosotros mismos y a esas briznas de orgullo y de gloria que corrompen tantos brotes generosos del alma. No damos nada por el puro dar, sin calcularlo antes, pues todo está en uno de los platillos de la balanza, más que cuando, previamente, hemos matado el amor a nosotros mismos.
Esto no es fácil, no, porque la bestia humana es reacia a comprender lo que la amargura quiere enseñarnos.
¡Qué dulce es soñar con el ideal y construirlo en el pensamiento! Pero es, en realidad, muy poca cosa. El ideal hay que construirlo dentro mismo de nuestro vivir. Arrancando piedra a piedra, para construirlo a nuestras comodidades, a nuestras alegrías, a nuestro descanso, a nuestro propio corazón.
Cuando, a pesar de todo, el edificio al cabo de Los años se alza ya, y cuando, a pesar de ello, no sé detiene uno en la faena, sino que se sigue y se sigue, aunque la piedra ya no se deje pulir, entonces solamente es cuando el ideal empieza a volar.
El ideal vivirá en la medida en que nosotros, nos entreguemos a él hasta morir.
¡Qué drama, en verdad, el de la vida recta!
Texto: Leon Degrelle.







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