Cuando digo que los niños son competentes quiero decir que están en posición de enseñarnos lo que necesitamos aprender.
Nos ofrecen una retroalimentación que nos permite recuperar nuestra propia competencia perdida (nuestra capacidad de ser auténticos), y nos ayudan a desprendernos de patrones de conducta estériles, autodestructivos y poco amorosos.
Su forma de cooperar es ir a la raíz del problema, señalar y expresar lo que impide el auténtico bienestar de la familia, generalmente sentimientos y actitudes que hubiéramos preferido esconder. De hecho, muchos padres y educadores se experimentan a sí mismos como seres humanos más completos, como resultado de su contacto cotidiano con sus hijos y alumnos.
Para aprender de los niños de esta forma, necesitamos mucho más que hablar con ellos democráticamente.
Tenemos que desarrollar un tipo de diálogo que muchos adultos son incapaces de establecer incluso con otros adultos,un diálogo personal basado en reconocer una dignidad igual para todos. Este principio enfatiza las diferencias entre las personas,pero no se esfuerza en suprimirlas o resolverlas.
Esto supone una definición completamente nueva del ejercicio de la maternidad y de la paternidad,así como de las técnicas pedagógicas que, en pocas palabras,pueden definirse como: “la capacidad y la disposición del adulto para ‘ver a cada niña o niño concreto tal como es y adaptar su conducta en consecuencia, sin renunciar al liderazgo, que debe estar caracterizado por la integridad personal y la autenticidad”.
Fuentes;
Estrategias Educativas. Mar de Plata.
Ilustración de Tony Fernández.
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