“Los primeros libros que escribimos en los pliegues de la memoria de los bebés son libros sin páginas. Libros profundamente poéticos, rítmicos, onomatopéyicos. Lo que los americanos llaman el motherese o el parentese es ese lenguaje especial dirigido a los bebés, que hace énfasis en los perfiles rítmicos de las palabras. Los bebés están oyendo, incluso desde antes de nacer.
Expulsado del cuerpo de su madre, el bebé necesita aferrarse a un orden distinto para estar con ella, y ese orden es el lenguaje. El bebé aprende a reconocer esa voz en las entrañas, y la mamá pronto empieza a leer los movimientos de su hijo, a leer su llanto, su mirada.
Hay canciones de cuna muy elementales, de madres que casi no saben decir mucho, y balancean un pie diciendo «Ea, ea, ea, ea»: es eso, ese encantamiento de las palabras. En ninguna otra etapa de la vida estamos más cerca de la poesía que en ese momento, en el sentido más profundamente connotativo; va más allá de lo que dicen las palabras, sino cómo suena su música. Y también es la época de los cuentos corporales, la madre escribe cuentos corporales para el bebé. Esos son los primeros materiales de lectura.
Cuando los bebés se sientan, a los ocho meses, más o menos, salen de esa contemplación exclusiva de la madre, la madre y el niño que han establecido una relación, ya pueden empezar a mirar cosas que no son mamá ni él mismo, que están por fuera de ellos.
Por ejemplo, la mamá y el bebé miran un móvil que da vueltas, miran un sonajero, los niños se sientan en las rodillas de sus padres y miran el mundo simbólico de los libros. No hay nada más hermoso que esos padres leyendo con sus hijos.”
Fuente; Primeros Lazos- Psicopedagogía.
🎨 Ilustración: Vireta.
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